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sábado, 16 de mayo de 2009

Un Cayo Lara gallego

La similitud del amigo Guillerme con Cayo Lara vas más allá de la pertenencia a una misma quinta. Ambos son recursos de urgencia para mantener a flote a dos partidos (UPG y PCE), que se han librado de la desaparición gracias al ingenioso artificio de montar una coalición donde escabullirse. Ambos tienen el mismo limitado carisma, y ambos hablan lenguajes salidos de un museo de la resistencia.

Cayo y Guillerme reflejan el instinto posesivo de dos organizaciones educadas en el arte de la manipulación de los frentes populares y asociaciones de masas. Comparten una ancestral tradición de los pecés, consistente en disimular su pequeñez con diferentes disfraces. Así fue como nacieron el BNG e Izquierda Unida.

Convencidos sus mentores de que una sigla con la hoz y el martillo nunca llegaría a nada, adoptaron una apariencia plural. En términos maoístas, dejaron que crecieran mil flores, o mil siglas que daban la impresión de inmenso supermercado ideológico, donde era difícil no encontrar un artículo a gusto del consumidor.

Ecologistas, republicanos, carlistas, socialistas disidentes, en el escaparate de Izquierda Unida. Socialdemócratas, galleguistas, independentistas, anticapitalistas y hasta antiguos seguidores del Gran Timonel chino, en los anaqueles del Bloque Nacionalista Galego. Una diversidad sólo aparente, porque en medio de tantos enanitos reinaba Blancanieves.

Pero tanto el PCE como la UPG se equivocan al confundir la España o la Galicia contemporáneas con las sociedades europeas de entreguerras, que es el periodo en el que mejor funcionó la artimaña. Los enanitos crecen, se hacen mayores y algunos perciben que la gente demanda una izquierda y un nacionalismo distintos, abiertos, liberados de la dependencia, y es entonces cuando el cuento cambia y la dulce Blancanieves se hace madrastra.

Cayo y Guillerme son la respuesta del socio fundador a los que querían nuevos aires. En el caso del BNG, tanto Beiras como Aymerich ponen sobre la mesa modelos que, siendo diferentes, tienen en común su sintonía con corrientes sociales seducidas por los movimientos antiglobalización, o deseosas de homologar al nacionalismo gallego con CiU o el PNV.

Lo que triunfa finalmente en la asamblea de Santiago es la defensa de un privilegio partidario. Por encima del interés de un nacionalismo que sigue necesitando entrar en sintonía con la mayoría social del país, estaba el interés de la UPG. El partido es un fin más que un medio, algo que en la historia de los partidos, entendidos como vanguardia, se repite constantemente.

Alguien que ideara un desenlace en el que todos quedaran malheridos no lo hubiera hecho mejor. Xosé Manuel Beiras pierde su enésima batalla interna, aunque con una dignidad encomiable. A pesar del aplauso tardío, nadie reivindica el legado de Quintana. La de Carlos Aymerich puede ser una brillante generación perdida.

Y por último, los triunfadores se han visto obligados a hacer un striptease, que desmorona las teorías que hablaban de una UPG resignada, como un abuelo bonachón, a ver crecer el nuevo nacionalismo. No es ése su papel, sino el de poder fáctico que permanece en la sombra sólo mientras está conforme con los acontecimientos. Como la situación era inquietante, se saca a Guillerme al campo, sin que importe su similitud con Cayo Lara. Ahí están, como porteros de un club cada vez más privado.

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