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martes, 3 de marzo de 2009

El voto tapado destapa a Feijóo


Si en México hay un candidato al que habitualmente se conoce por “el tapado”, aquí en Galicia los que se tapan ante las encuestas son los electores. Ahora acaban de destaparse con Feijoo, que obviamente era su candidato, aunque como de costumbre jugasen al despiste con los ingenuos sociólogos empeñados en adivinar sus preferencias.
Vuelve a quedar claro que los sondeos son de escasa utilidad con una población de suyo insondable como la gallega, que hace honor a su legendaria fama de ambigüedad al engañar elección tras elección a sus entrevistadores. Decían las encuestas que una alta participación favorecería a la izquierda, pero ya ven lo que pasa: el récord histórico de votantes –más de un 70 por ciento- ha coincidido precisamente con una mayoría absoluta de la derecha. Los sociólogos van a tener que revisar algunos de los lugares comunes que manejan sobre Galicia.
No es el único tópico que se viene abajo. A diferencia de lo que solía ocurrir no hace mucho, el triunfo de los conservadores se ha fraguado esta vez en las zonas urbanas y no en los tradicionales feudos agrarios del interior. Algo tendrá que ver con eso, seguramente, el rápido proceso de adaptación del partido conservador a los nuevos hábitos urbanos de la población gallega. Un dato acaso más meritorio de lo que parece si se tiene en cuenta que el “aggiornamento” del PP en Galicia –aun a pesar de las baltaradas y otras reminiscencias del pasado- lo llevó a cabo el nuevo líder desde la oposición y partiendo de una derrota a la que la derecha no estaba acostumbrada por aquí, tras quince años de mandato ininterrumpido.

Desmarcándose estratégicamente de la herencia de Don Manuel incluso en su significativo lema: “Empezamos”, Feijoo ha conseguido hacerse al primer asalto con la presidencia, salvo que los emigrantes de Ultramar enmienden la plana a los de este lado del océano dentro de siete días. Pero esa es una hipótesis no ya remota, sino del todo inverosímil.

Nadie –ni el propio Feijóo- hubiera apostado un céntimo por este resultado hace cinco o seis meses, cuando el entonces presidente Touriño tuvo la oportunidad de adelantar las elecciones y optó sin embargo por mantener una palabra que tal vez le haya costado el puesto.

Sin restarle mérito alguno a Feijóo, ese exceso de confianza rayano en la temeridad exhibido por Touriño bien pudiera ser una de las claves –si no la principal- de la victoria del candidato conservador. Si este ganó las elecciones, tampoco hay la menor duda de que los socialdemócratas y nacionalistas aliados en la Xunta hicieron también todo lo posible para perderlas. No sólo al errar en la fecha de convocatoria de las elecciones, claro está. Más grave aún que eso fue su incapacidad de hacer notar a la gente que durante estos tres y pico últimos años se produjese el cambio con el que habían llegado al poder como bandera. Y tampoco les favorecieron gran cosa los cambios de mobiliario y parque móvil, claramente percibidos –estos sí- por los electores a juzgar por el contundente resultado de ayer.

Se trata de una tradición muy ibérica, por otra parte. Sabido es que en España las elecciones no las gana partido alguno, sino que las pierde el Gobierno. La gente vota a la contra, para fastidiar o porque está irritada con los que mandan. Usa el voto como arma arrojadiza y todo sugiere que eso es precisamente lo que parece haber ocurrido ahora y aquí. El desencanto que traslucían los sondeos no sólo afectaba, por lo que se ve, a los votantes de izquierdas –que no se han quedado en casa-, sino también y sobre todo a esa enorme bolsa de un 30 por ciento de electores indecisos que a última hora resuelven a quién votar no tanto en función de la ideología como de la decepción. Y a la vista de los resultados, esa decepción era mucha.

Un votante enfadado tiene más peligro que un miura, como bien acaban de comprobar Touriño y Quintana al ser imparcialmente castigados por los electores con la pérdida de un diputado cada uno de ellos. Que esas derrotas se hayan producido justamente en A Coruña y Pontevedra -las dos provincias más urbanas e industrializadas de Galicia- ha de ser sin duda un motivo adicional de reflexión para los dos partidos tan duramente sancionados en las urnas durante el primer examen a que se sometía su gobierno. Y es que esta vez ni siquiera ha funcionado el tradicional trasvase de votos que se producía –en uno u otro sentido- entre las dos fuerzas representativas de la izquierda.

La historia parece repetirse. Al igual que ocurrió con el gobierno tripartito de Fernando González Laxe que en 1987 le abrió las puertas a la primera de las varias mayorías absolutas de Fraga, la primera Xunta de izquierdas electa en Galicia no ha podido superar la prueba de una sola legislatura. Parafraseando a Golda Meir, podría decirse que los socialdemócratas y los nacionalistas nunca pierden la oportunidad de dejar pasar una oportunidad. El electorado gallego que les dio su confianza hace cuatro años se la ha retirado ahora sin margen alguno para la duda.

Ahora es el destapado Feijóo quien deberá administrar la copiosa renta con la que ayer le alegraron el día sus votantes ocultos. Al final, va a resultar que somos una de esas democracias normalitas en las que los electores van poniendo y quitando gobiernos según su gusto. No como otras.


Ánxel Vence


Fuente: Faro de Vigo, 02.03.2009

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